En 1860
crecía en el límite oeste de la Ciudad un importante
agrupamiento de chacras y casas quinta de familias acomodadas, como
consta en los registros de las parroquias de Monserrat y La Piedad.
Con seguridad, los Fernández Blanco se hallaban establecidos
en la zona desde esos primeros tiempos. Al despuntar el siglo XX,
con la apertura de la Avenida de Mayo, los barrios de Monserrat
y La Piedad se habían transformado en la zona más
moderna y con mayor concentración cultural y comercial de
la Ciudad de Buenos Aires. Hacia la década de 1880, luego
de sus nupcias, Isaac Fernández Blanco decidió comprar
la casa contigua a la de sus padres, en la calle Victoria (hoy,
Hipólito Yrigoyen) 1418. Aún en 1882, fecha de la
primera remodelación, esta casona mantenía un desarrollo
de planta de tipo colonial. A un primer patio, rodeado de habitaciones
principales, le seguía otro abierto, y a éste, un
tercer espacio de caballerizas y servicios. De esta primera etapa
subsisten algunas paredes pintadas, los techos de ladrillo y vigas
de quebracho, y parte del sistema sanitario anterior a la peste
de 1871.
Luego de una larga estadía en París, en 1901, Isaac
Fernández Blanco regresó para instalarse en su casa.
Eligió remodelar esta antigua casona a la manera de los palacetes
del nuevo entorno, ya que el epicentro de la vida social se desarrollaba
a pocos metros de su domicilio: allí se emplazaban los hoteles
de primera categoría, las firmas de abogados y escribanos
prominentes, las grandes tiendas, los cafés, los restaurantes,
los teatros, los nuevos edificios públicos.
Es probable que Fernández Blanco tuviera un proyecto personal,
no obstante, contrató a uno de los mejores arquitectos del
momento, Alejandro Christophersen, para ampliar y redecorar su casa,
combinando la tradición con toques de modernismo.
El personaje y su casa, que paulatinamente fue convirtiendo en museo,
no eran extraordinarios en aquel entonces; sin embargo, hoy representan
una época, una manera de vivir y la transformación
arquitectónica de nuestra ciudad, de la que cada vez quedan
menos testimonios.
El Museo de Arte Hispanoamericano fue fundado en ese domicilio por
el propio Isaac Fernández Blanco en enero de 1922, luego
de la donación de su colección a la Ciudad de Buenos
Aires. Funcionó allí hasta que un decreto de 1943
trasladó el Museo de manera definitiva al Palacio Noel, en
Suipacha 1422. La casa original de Fernández Blanco tuvo
diversos destinos como edificio administrativo de la comuna hasta
que, en 1999, fue devuelta a la égida de la Secretaría
de Cultura del Gobierno de la Ciudad.
La producción artística de los siglos XIX y XX, que
integra el patrimonio del Museo Fernández Blanco, es hoy
cautiva del marco virreinal que esa institución forjó
en el imaginario del público. Los bienes referidos conforman
el cincuenta por ciento del acervo y permanecen relegados a los
depósitos.
Hacia 1850, los argentinos se alejaron de la tradición hispana
para dedicarse a construir lo que entendían como la Argentina
Moderna. Partiendo de la Reorganización que sucedió
al gobierno de Rosas hasta la fiesta interminable del Centenario,
la Casa y la Colección Fernández Blanco ofrecen la
posibilidad de describir el florecimiento de la sociedad de comerciantes
devenidos en terratenientes: el reinado del eclecticismo, el surgimiento
de la primera generación de pintores argentinos, el paso
del daguerrotipo (práctica de pocos) a la fotografía
(al alcance de todos), la visita de las grandes compañías
líricas y personalidades extranjeras, el proyecto aluvional
de país, las preocupaciones científicas del positivismo
y los avatares de la mala vida.
La generosidad y la amplitud del legado hoy permiten abarcar y definir
mejor dos períodos singulares de nuestro desarrollo histórico
y creativo: el mundo colonial y su representación, en la
sede de Suipacha 1422, y el devenir de nuestra identidad republicana,
en esta casona de Hipólito Yrigoyen 1418. Es además
la oportunidad de presentar, en forma conjunta, el criterio museográfico
de finales del siglo XIX (lo que aquella generación entendía
por museo) y el que hoy en día prevalece, donde no pueden
desatenderse el grado de atracción del producto, el nivel
académico de lo que se divulga y la preservación del
patrimonio.
Las artes aplicadas son el reflejo que una sociedad proyecta sobre
sí misma para autodefinirse y resaltar sus diferencias. A
través de ellas se puede narrar una misma historia en dos
espacios distintos, vinculados por una misma idea y fortalecidos
por un mismo guión.
De esto se desprende:
• La necesidad de generar un guión museológico
(lo que se pretende narrar) y museográfico (cómo y
a través de qué medios se narrará) que vincule
ambas colecciones, virreinal y republicana, y ambas sedes, el Palacio
Noel y la Casa Fernández Blanco, con contenido académico,
lenguaje de divulgación y una presentación atractiva.
• El rescate de una colección dispersa para ponerla
a disposición de sus verdaderos dueños: el público
de la Ciudad de Buenos Aires.
• El rescate de un inmueble prototipo de las grandes casonas
del novecientos, articulándolo con su entorno. Con ese
fin se procederá a restaurar los ámbitos más
nobles y a adaptar museográfica y tecnológicamente
la totalidad de la casa.
• La oportunidad de replantearnos los museos de artes aplicadas
como algo más que la extensión y el recuerdo de
quienes los fundaron.
El desarrollo de este proyecto posibilitará contar con
los espacios técnicos específicos para albergar
colecciones que fueron donadas a la institución y que el
Museo está gestionando actualmente, lo que provocará
un efecto multiplicador para donaciones futuras.
Pronto, la restauración de esta casa devolverá a la Ciudad de Buenos Aires una pequeña porción de aquel momento en que todos pensaron que los sueños de progreso sin límites podían ser realidad. En el año 2009 se abrieron al público las puertas de la Casa Fernández Blanco, en la que se presentan actualmente diversas exposiciones. Más información >>